No me digas que no puedo, tus palabras no me influyen, pero resuena su eco en las paredes de mi alrededor nublando la sala con la negatividad que desprendes. Negatividad que impregna el espacio, negatividad que a mis compañeros de batalla y a mí no nos gusta. Nos molesta. Mucho. Palabras vacías de aliento, llenas de impotencia, ¿qué pretendes con ellas?

No me digas que no puedo, no traslades a mi ser lo que encuentras cada día en tu interior. No soy responsable de tu poco tesón ni de tu falta de interés, tampoco de tus “puedo y no quiero”, porque si quieres, puedes. Y si puedes, está hecho.

No me digas que no puedo, ni me observes alterado como si te preocupase lo que crees que me va a pasar. La ficción que has creado no es real, conozco mis límites y sé cuándo puedo superarlos. Y tú estás muy lejos de saber qué soy realmente capaz de lograr.

No me digas que no puedo, porque yo sí tengo las cosas claras.

No te digas que no puedes, esto es sólo cuestión de prioridades.

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